Al otro lado de la mesa: reflexiones tras la participacion en una jornada de debate

Una vez leí que en las empresas tecnológicas existe el concepto de dogfooding, también conocido como “eating your own dog food”. El origen, parece ser, es un anuncio de comida de perro en el que se decía que estaba tan buena que hasta el amo del perro se la comía. Esta idea se traspasó al mundo de la empresa, básicamente compañías de desarrollo de software, con la idea de que antes de lanzar un producto, el personal de la empresa tenía que usuarlo y, si superaba la experiencia, quería decir que se podía vender.

Fuente: Benefits of Eating Your Own Dog Food (UXPin)

Fuente: Benefits of Eating Your Own Dog Food (UXPin)

No sé si microsoft ha hecho algo así con la versión de windows 10. Me temo que no…. Pero no vamos a criticar, porque los sociólogos tampoco es que estemos muy habituados a comernos la comida de nuestros perros. Al menos, yo no lo había hecho nunca… hasta la semana pasada.

La semana pasada tuve la ocasión de participar en una “Jornada de debate sobre la oferta docente de la Facultad de Sociología y Ciencias Políticas de la UAB” y debo confesar que, por primera vez en mi vida, me senté en “el otro lado de la mesa” y, en lugar de dinamizar la sesión, me dediqué a participar y a expresar mi opinión.

Debo decir que la experiencia fue muy interesante. En primer lugar, por el contenido. El hecho que la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UAB reflexione sobre la oferta docente para adaptarla a las nuevas necesidades, y que para ello pida la opinión a los profesionales del sector me pareció una cosa increible. Y, que además, invitar a “gente de fuera” como yo, y que el decano de la Facultat, Joan Botella, insistiera en que nuestra opinión era especialmente relevante, me pareció todavía más increible.

Yo estudié en esa Facultad. Algunos de mis compañeros y compañeras se quedaron allá dentro. Otros, salimos al mundo exterior y de vez en cuando nos vamos encontrando por ahí. Y de repente, sentarme en esas aulas para reflexionar sobre cómo debe evolucionar la oferta docente de la facultad, para explicar qué nos hemos encontrado los que nos hemos ido al mundo exterior y qué pensamos que necesita una persona que se dedique a la sociología o a las ciencias políticas para poder ser competitiva en ese mundo exterior en el que habitamos fue una experiencia muy gratificante. Escuchar las reflexiones de otros profesionales como yo, descubrir coincidencias en pensamientos que pensaba muy íntimos y personales míos y que de repente resulta que son vivencias compartidas por un montón de colegas que están ahí luchando para sobrevivir y defender nuestra profesión, fue todo un descubrimiento. Encontrarme con gente con la que estudié, conversar con antiguos profesores, y compartir las novedades profesionales de personas con las que colaboro de manera habitual me hizo sentir que formaba parte de una comunidad profesional.

En definitiva, descubrí qué es lo que experimenta la gente que participa en grupos de expertos. Y, afortunadamente, esa comida de perro estaba la mar de apetitosa. En palabras coloquiales, diría que la sensación es algo así como de “subidón”.

La experiencia me hizo reflexionar. Porque a menudo me he sentido culpable de “robar el tiempo” de la gente que participa de manera altruista en los grupos y sesiones de trabajo que me toca dinamizar. Cuando, después de una mañana o una tarde de debate intenso abandono la sala agotada y con la cabeza como un bombo me siento fatal por la pobre gente que se ha pasado allá todo ese rato discutiendo para ayudarme a llegar a una conclusión sobre un tema concreto. Por suerte, eso ya no me va a volver a pasar. Ahora, lo que sentiré es envidia sana de la sensación agradable de opinar y ser escuchado sobre un tema que te apasiona, de encontrarte arropada entre personas que se apasionan por lo mismo que te apasiona a tí, y de pensar que lo que tu sabes o lo que tu piensas es útil e interesante para alguien.

Ahora bien, la experiencia también me sirvió para experimentar la frustración por no poder decir todo lo que pensaba. Por pasar una mañana intensa escuchando ideas interesantes pero sin tiempo para poder replicar, discutir, profundizar, analizar, proponer y, en definitiva, ir más allá de las opiniones que surgían durante el debate. Esa sensación que tengo siempre después de los grupos de discusión, que el tiempo nunca es suficiente, y que quedan muchas cosas por decir. Es una sensación angustiante, cuando pienso que las personas que participan en un grupo han dedicado toda una mañana, o toda una tarde, para poder hablar quizás 10, 15 o quizás 20 minutos. No más. Y, lo que es peor, que durante el poco tiempo que han podido hablar les he obligado a hacer un esfuerzo de síntesis tan grande que no han podido expresar ni una decima parte de lo que saben o lo que opinan. Y eso, que como dinamizadora es frustrante, como participante lo es todavía más.

Igualmente me sirvió para confirmar una sensación que tenía hace tiempo, y es que no sabemos gestionar los tempos del grupo. Antes de la sesión hay un montón de ideas que bullen por la cabeza de los participantes, pero no sabemos aprovecharlas. Solemos enviar documentación larguísima que, como sospechaba, nadie – o muy poca gente – tiene tiempo de leer. En cambio, plantear cuatro preguntas que orienten hacia dónde va a ir el debate puede ser muchísimo más útil. También se puede, si se quiere, enviar documentación. Pero es muy arriesgado pretender que los participantes vayan a tener tiempo para leerla. Vivimos en la sociedad del anti-tiempo. Las cosas se hacen en el aquí y en el ahora. Y en el antes, como mucho, se piensa. Pero ese pensamiento sí que tiene valor. Seguro que, como me sucedió a mí, los días previos a la reunión, o el mismo día de camino a la reunión las mentes de los participantes se focalicen en el tema, y orientarlos para que hagan trabajar el cerebro en la dirección adecuada puede ayudar a sacar más provecho a la sesión. Si, además, se piensa en algún mecanismo para poder registrar esas reflexiones previas, por ejemplo dejando un tiempo y un espacio para escribir esas ideas antes de que empiece la sesión, mientras la gente va esperando a que llegue todo el mundo, esa “materia gris” sería mucho más aprovechable.

Y si el cerebro bulle antes de la sesión, al acabar es como una especie de géiser a punto de explotar. Al salir de la autónoma, mientras iba en el tren, mi cerebro estaba al 100% de reflexiones e ideas que me habían quedado en la punta de la lengua y no había podido expresar. Y es una pena que todo eso se eche perder. Si antes de marcharme – o en los días posteriores a la sesión – hubiera podido tener la posibilidad de trasladar, de alguna manera, lo que estaba pensando, estoy segura que mi presencia hubiera sido mucho más provechosa de lo que fue. Porque después de la discusión del grupo y de la puesta en común me surgieron un par de ideas o tres que no pude compartir con nadie, y que me hubiera gustado poder transmitir de alguna forma.

Esa falta de gestión de los tempos, y la incapacidad de dar espacio y tiempo a todo el mundo para que exprese lo que piensa y para que aporte sus ideas es un gran defecto de este tipo de reuniones. Genera una cierta frustración a los participantes que empaña la sensación positiva que he descrito antes. Y, sobre todo, hace que se pierda un montón de información y un montón de ideas que son muy relevantes.

Así que, después de mi sesión personal de dogofooding, estoy esperando tener la oportunidad de dinamizar algun grupo de expertos. A ver si puedo aplicar estrategias que permitan salvar esos obstáculos y conseguir mucho más provecho de un tipo de reuniones que tienen realmente un gran potencial pero que todavía no hemos encontrado la manera de aprovechar.

 

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