Método cotidiano

El otro día  me pasó una cosa trivial, pero que me ha hecho reflexionar sobre todos esos pequeños métodos que  vamos creando, que acaban insertándose en nuestro día a día y de los que no nos damos cuenta.

Resulta que me olvidé las llaves de casa. Era por la mañana y mis hijos estaban en el instituto. Me dirigí a la sala de profesores y una mujer de mediana edad, muy amable, me acompañó a la clase de mi hijo pequeño.

llaves

Acomplejada por dar esa imagen en el instituto, justifiqué el olvido explicando que había cambiado de bolso…

 – A mi me pasaba siempre – me comentó la profesora – pero ahora ya lo he solucionado. Luego te explico como lo hice…

Y, efectivamente, tras conseguir una copia de las llaves (con el consiguiente bochorno de mi hijo, que tuvo que salir a mitad de la clase bajo la mirada curiosa de todos sus compañeros) la profesora me explicó, muy didácticamente, lo que hacía para no olvidarse de las llaves nunca más. La solución era simple: tenía una pequeña bolsita en la que guardaba las cosas imprescindibles (cartera, llaves, movil…) y si tenía que cambiar de bolso se limitaba a mover la bolsa con todo su contenido.

Aparte de que he adoptado el método bolsa dentro de bolso (viene a ser como lo de las muñecas rusas, vas abriendo bolso, bolsa, cartera… y al final sacas el euro para pagar el café… pero te aseguras que siempre tienes la cartera encima) la historia me ha hecho reflexionar sobre los diferentes trucos – o también podrían llamarse métodos – para hacernos más fácil la vida cotidiana.

Yo tengo un montón. No sé si es para defenderme de mi propio despiste (ando siempre pensando en lo que no toca, y voy olvidando todo por ahí) o para luchar contra la aguja del reloj (que en mi caso, no sé cómo se lo hace, pero estoy segura que corre más rápido que para el resto de la gente, porque no hay manera que el tiempo me cunda para todo lo que se supone que debo hacer). Pero el caso es que mi día a día está rodeado de pequeñas estrategias sin las cuales no sé qué haría.

Por ejemplo, uno de los métodos que más les gusta a mis amigos y conocidos es el de los calcetines. Hace tiempo que decidí que eso de aparejar calcetines era una pérdida absoluta de tiempo. Si ya resulta pesado lo de descolgar la ropa limpia, y guardarla en sus correspondientes estantes y cajones, si encima has de pasarte media hora aparejando calcetines la cosa es insorportable. Así que un buen día decidí que no volvería a emparejar calcetines nunca más. Resultado: mis hijos llevan, desde que son pequeños, un calcetín de cada color. Queda bien, es original, y mucho más comodo. Un método que es más bien un anti-método y que me ha ahorrado un montón de tiempo.

Las cajas tienen un papel muy importante en todos estos métodos cotidianos. La caja de galletas a la que van a parar todos los tickets de compra de cosas que se pueden tener que devolver, y que te asegura que, aunque tengas que buscar entre 200 papelitos, al final encontrarás  el maldito tiquet de compra. La otra caja, para las facturas, en las que se van acumulando todas las cartas del banco que luego necesitaré para hacer las declaraciones trimestrales de IVA y de IRPF. Los cuatro cajones con ruedas, uno para cada miembro de la família, en los que se deja la ropa limpia para que cada cual se la coloque en su armario (eso funciona relativamente: mis hijos son especialistas en acumular kilos y kilos de ropa limpia, durante semanas y semanas… cosa de la adolescencia).

O las estrategias para recordar cosas. Los avisos en el móbil funcionan relativamente: te confías en que ya te sonará la alarma y luego va y se te acaba la batería, te dejas el móbil en el despacho o está enterrado al fondo del bolso y por mucho que suene no te enteras. En cambio, lo de cambiar el reloj de mano es infalible. La sensación de tener un objeto estraño en la muñeca que no toca y las ganas de volverlo a poner en su sitio hace que estés pendiente de aquello que debías recordar, y que no se te olvide.

En la cocina hay un montón de métodos. Para cortar más rápido, para tener siempre alguna cosa preparada, para aprovechar las sobras…

En fin, podría seguir indefinidamente. El caso es que el incidente de las llaves me ha hecho darme cuenta de la cantidad de cosas que vamos estructurando y organizando en nuestro día a día, y de cómo ese organizar y estructurar constante no es más que ir creando metodos (o, más bien, metoditos) que nos hacen la vida más fácil.

 

 

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